Crianza martes, 27 de agosto de 2019

La violencia no es cosa de niños

Vaya por delante y así de golpe que la entrada de hoy la realizo desde el más puro punto de vista personal y poco objetivo que resulta de mi propia experiencia y reflexión en la crianza. No siempre mis artículos son así, de hecho en breve notaréis un cambio de perspectiva en el blog, cuando está a punto de llegar a los cinco años de edad, todo un acontecimiento que merece un nuevo horizonte. Serán menos las publicaciones a partir de septiembre, pero realizaré un arduo trabajo de documentación, donde revelaré todas las fuentes que utilizo en la elaboración de artículos. Me lo habéis pedido muchos de vosotros, especialmente en lo relativo a mi trabajo de estudio con la atención selectiva; y yo me resistía, porque han sido años de duro esfuerzo en el estudio y documentación sobre diversas temáticas, pero siento que es el momento de pasar a un trabajo más profesional y por qué no, altruista. Así que para acabar este verano, a partir del cual el blog dará un giro de 180 grados, me voy a permitir una última reflexión nada académica y ahí dejo un titular.

La violencia no es cosa de niños.

La violencia no es cosa de niños.


La violencia no es cosa de niños.


Es una estampa muy cotidiana en parques o lugares de ocio el hecho de dos o más niños o niñas acaben enzarzándose en alguna pelea. Y también empieza a ser habitual que sus padres o madres justifiquen este tipo de actitudes con la lapidaria frase: "son cosas de niños". A mí este tipo de frases hechas no me gustan nada, me parecen un estilo de discurso cargado de prejuicios, verborrea de "cuñao", muletillas a las que es fácil recurrir cuando se está incómodo o no se sabe qué decir. Ya te hablé de este tipo de sentencias en otra entrada en la que hacíamos una revisión a la frase hecha: Pues ya sabes, ¡anímate! Pero el caso es que es una frase que se emplea con frecuencia sospechosa, se le quita hierro al asunto dando por hecho que todos los niños pegan para vencer esa incomodidad que quieras que no, nos produce el hecho violento. Porque sí, soy de las que opino que un simple empujón es violencia, aunque proceda de un niño, porque nunca podré dar normalidad a este tipo de conductas. Sin embargo, esto es lo que veo a menudo, dentro de una permisividad plausible. Como son cosas de niños, se generaliza una conducta negativa para hacerla ver menos cargada de violencia y agresividad, para que resulte de pronto, menos negativa.

En la actualidad están muy en auge las teorías de no intervención por parte de los adultos, especialmente en lo relativo al juego infantil; sin embargo no intervenir en los conflictos de los niños me parece un rotundo error. Dejar que ellos arreglen sus diferencias con violencia solamente puede garantizar que esa violencia se normalice y el niño que pega aprenderá que haciéndolo conseguirá lo que quiere; y el que no lo hace, aprenderá que ese es el modo de relación con sus iguales, aprenderá a ser violento. Tú no le pegas a tu hijo porque te parece horrendo, pero, ¿dejas que le pegue un igual? Pues probablemente le duela más de este. ¿Dejas que tu hijo pegue? Tres cuartos de lo mismo.

Es tremendo como al extrapolar esta actitud violenta la cosa cambia. ¿Intervendrías si vieras un caso de violencia machista? Y no me refiero a separar a las partes, sino simplemente a intervenir llamando a la policía... Seguramente sí. Pero cuando se trata de niños dudamos, porque al fin y al cabo los consideramos inferiores con esta actitud. Los niños no poseen las habilidades sociales que tenemos los adultos, ni el mismo autocontrol, pero no por esto hay que dejar que su lago agresivo prospere. Los adultos debemos acompañar a nuestros hijos en el hecho violento haciendo ver que es un acto deleznable en nuestra sociedad.

En mi caso personal no hay nada que me parezca más reprochable en mi hijo que pegar. Cuando lo hace, suelo reprenderlo, hacerle ver que lo que hace es lo peor, que me siento decepcionada y triste, que es algo que me causa mucha pena. Además procuro dialogar, en la medida que la situación me lo permita, tratando de hacer ver el daño que puede causar. Normalmente veo como otras madres no aprueban mi conducta a pesar de ser yo la madre en este caso, pero me da igual. Al final suelo ser la única que corto un juego porque empieza a ser violento, la que doy el discursito, la que no puede ni con los juguetes bélicos (y mucho he transigido, desde ese #ArmasNoSonJuguetes), pero me niego a dar normalidad al hecho violento.

No mientras sigamos teniendo causas de bullying y ciberacoso, no mientras nuestra sociedad sea como es, abrumadora y vorazmente depredadora, no mientras esa espiral de violencia siga activa. Todos tenemos la obligación de mantener sana nuestra sociedad y para esto los cimientos son fundamentales. Creerás que me pongo intensa o incluso dramática, pero nunca me habituaré a ver violencia entre los niños. Y entendiendo que un niño puede llegar a pegar por falta de lenguaje, por frustración, por llamar la atención o porque se siente apartado; pero nunca dejaría solo a un niño que pega, porque un niño que pega necesita ayuda. Siempre. Un niño que pega necesita que alguien lo calme, que alguien le haga ver que esa no es la solución, que alguien lo sitúe en lo perjudicial de su comportamiento. Y ese alguien solo puede ser un adulto.

No es cosa de niños. Si crees que no es importante, en mi opinión, te equivocas. Si crees que no debes intervenir, siempre en mi opinión, tu hijo estará viendo que normalizas el hecho violento. Si consideras que es una etapa y se le pasará solo, espero equivocarme, pero esto no sucederá. Los niños aprenden de tu ejemplo, de tus acciones. Si no actúas, dejas desamparada a la víctima y das legitimidad al agresor. ¿Te siguen pareciendo cosas de niños? A mí no.

Toda violencia es el resultado de personas engañándose para creer que su dolor es provocado por otra gente, pensando por tanto que merecen ser castigadas.


✓ Marshall Rosenberg


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