Crianza martes, 9 de julio de 2019

Niños engrandecidos, adultos infelices.


De unos años a esta parte, hemos impulsado de manera petulante y egocéntrica, el individualismo más rancio. Ese "quererse a uno mismo", que parece tan inocente, pero empoderador; ese "más me quiero a mí", esa autoestima.

Nos hemos engrandecido con el desarrollo personal, creando una sociedad más solitaria, más pensada en la persona y menos, en la sociedad misma. El conjunto, no ha sido trabajado desde el mismo punto de vista que el autoconcepto. Nuestra prioridad ha estado girando en torno a ser más felices, más exitosos, mejores que el resto; y en este camino escabroso no nos hemos dado cuenta del daño que esto pueda suponer para el conjunto social. Un conjunto social cada día más aquejado y achacoso de dolencias emocionales como el maltrato (en todas sus vertientes), la envidia, la discriminación, el machismo y la falta de solidaridad. Un lugar donde cada día somos mejores, cada uno en nuestro reino.



Autoestima.


Ya te he hablado en otras ocasiones de la heteroestima, esa hermana poco conocida de la autoestima, que no capta la atención de los grandes del marketing, ni del coaching verde, ni de las empresas de papelería de color de rosa y unicornios.

Heteroestima es lo que se sitúa en un plano temporal, antes de la autoestima. Como siempre decimos por aquí, un niño comienza a desarrollar su autoestima en torno a los cinco o seis años de edad en los casos más competentes emocionalmente. ¿Por qué se sitúa la autoestima en esta franja de edad? Pues se sitúa aquí porque la autoestima es un derivado del autoconcepto, entendido este como la percepción que tenemos de nosotros mismos. El autoconcepto es un juicio de valor, que en una línea imaginaria donde los polos opuestos son positivo y negativo, establece toda una serie de variantes sobre las creencias, ideas y prejuicios que tenemos sobre nosotros mismos. Este constructo teórico, está influenciado además por las ideas que manejamos acerca de la personalidad, el físico, lo emocional o social, etc. Es decir, dentro de la categoría diversión, yo puedo entender que soy divertida, pero esta idea que yo he construido no tiene porqué ser igual para la persona que tengo al lado, que puede encontrarme de lo más aburrida. 

De este modo, mi autoconcepto estaría sujeto al establecimiento de toda una serie de categorías personales que funcionan a nivel imagen como un árbol y sus ramificaciones. Igualmente, el autoconcepto no es un constructo estático, sino que resulta activo y cambiante, derivado de las experiencias de vida y de las diferentes etapas que atravesamos. Para conformar el autoconcepto necesitamos de experiencias salientes, es decir, momentos que nos marquen, que se queden grabados en nuestra memoria y que supongan una valoración positiva o negativa de nuestro desarrollo. 

Como ves, la conformación del autoconcepto no es sencilla y está sujeta a múltiples variantes, por lo cual, cuando a veces leo que es innato, o que se da en edades muy tempranas del desarrollo, me doy cuenta de que a día de hoy, poco se conoce acerca de este concepto, que es tratado de un modo cuasi infantil. Piaget estableció la etapa preoperacional entre los 3 y los 6, 7 años; momento en el cual, el niño empieza a hacer abstracciones de imágenes representativas que ha aprendido previamente. Al final de este período, el niño adquiere la capacidad representativa de emplear símbolos mentales para sustituir la realidad. La propia palabra lo dice: pre-operatorio. En estas edades es muy difícil que un niño desarrolle una alta o baja autoestima, porque el autoconcepto es una realidad que no puede abstraer.

Heteroestima.


Lo que un niño entre los cero y los seis años necesita trabajar es la heteroestima, es decir, la capacidad de sentir que es digno de recibir amor por parte de los demás. Si la autoestima es la valoración que hacemos de nosotros mismos, la heteroestima es la valoración del afecto que los demás nos muestran. En este caso, es mucho más sencillo de asimilar el concepto. Desde el minuto uno de vida, un niño puede entender si es querido, porque lo que más reconforta a un recién nacido es el abrazo y el contacto, el amor de sus padres, la satisfacción de las necesidades básicas. Si un niño no es querido, lo sabe. 

La heteroestima es esa capacidad de sentirse digno de recibir amor, tanto como de darlo. Un niño con una alta heteroestima es un niño feliz, que incluso puede parecer desapegado, pues no tiene una dependencia emocional de sus progenitores, es un niño cariñoso (porque ha aprendido de la belleza de dar amor) y es un niño preocupado por el otro, alguien con una incipiente empatía emocional. Fomentar la heteroestima de los más pequeños, crea sociedad. Es un modo de centrarse en los demás. A mí me gusta que me den cariño, soy digno de ser amado, y por tanto, ofrezco este amor y este sentimiento a los demás. ¿Qué puede haber más bello?


Niños engandecidos, adultos infelices. 


El problema de la edad actual es que el trabajo de la heteroestima no se debería dar únicamente con la infancia, sino en todas las etapas de la vida adulta. En esta sociedad competitiva, depresiva, con la imagen por idolatría, estamos abocados al individualismo más radical y preferimos cuidar de nosotros que del elemento social. Y con esto, hemos engrandecido a los niños, consintiéndoles, dándoles lo que necesitan y mucho más. Nuestro amor (ese que necesitamos para infundir heteroestima, para blindarlos de buenos propósitos), está corrompido. Los estamos queriendo desde el empoderamiento individual, no desde la tribu, no desde la sociedad que se quiere mejorar. 

Lo más habitual a día de hoy es encontrarse con niños engrandecidos, niños a los que damos la razón por sistema, sin límites, sin control. Son generaciones que lo tienen todo, que no conocen ese "no por respuesta", a los que les decimos que no besen si no quieren, a los que colocamos en el centro del universo para que sean los protagonistas de nuestras vidas, a los que decimos que no compartan, etc. Ya  sabes de lo que te hablo, todas estas modas pedagógicas y de crianza actuales que son muy respetuosas con la infancia, pero a solo a nivel individual. Respetuosas con uno mismo, por encima de los otros.

Así estamos criando, desde el enaltecimiento impulsado por nuestra propia percepción individualista, y así estamos haciendo sociedad. Así estamos llegando a cotas de violencia y de intolerancia, así estamos logrando los grandes fallos de un sistema caduco. Este estilo de amarse incondicionalmente, de educar en el amor propio está incidiendo en la incapacidad para confiar y para reconocer al otro. Nos estamos convirtiendo en una ecuación con la incógnita, siempre despejada.

Uno de los indicadores más certeros de la falta de heteroestima en nuestra sociedad (y no solamente en la infanacia), es sin duda, la falta de comunicación. En la actualidad, tenemos graves problemas para comunicarnos, porque no sabemos hacerlo de un modo eficiente. De hecho, ni siquiera lo hacemos. Nosotros no nos comunicamos, nosotros informamos. La comunicación, es un proceso bilateral en el que debemos realizar una escucha activa del otro. Esto, a día de hoy, no pasa.

Cambiemos ya el sujeto que recibe el afecto, cambiemos esa autoestima por una heteroestima sana. Dejemos de pensar en hacer niños fuertes desde el quererse a uno mismo, hagámoslos fuertes en una idea de cooperación; para que luego no sea necesario hablar pedagógicamente de trabajo en equipo o de liderazgo, sino de inclusión, de estrategias de apoyo, de creación de sociedad. Dejemos de hablar de autoestima como la piedra filosofal y abracemos la idea de la heteroestima como el bien común, como un modo de mejora y de prosperidad, de amor y de justicia social.


Si solo te dieras cuenta, cuán importante eres para la vida de aquellos que conoces, cuán importante podrías ser para la gente que aún no has soñado conocer. Hay algo de ti que dejas en cada persona que conoces


✓ Fred Rogers.




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1 comentarios

  1. Muy interesante lo que escribe y mucho más el contenido de lo que escribe. Sus reflexiones y análisis sobre lo que se acepta como dogma nos permite tener conciencia sobre la manipulación de la infancia.

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