Educación domingo, 8 de julio de 2018

¿Cuándo dejamos de jugar?

¿Cuándo dejamos de jugar?

El juego, en su sentido más amplio y general, ha venido siendo por tradición una de las mayores fuentes de aprendizaje y de socialización en el mundo infantil. Jugamos horas y horas de roles, de reglas y de códigos de niños que empleamos entre meriendas y pandillas, para empezar a convertirse en los recuerdos de toda una vida.



Pero un recuerdo no es nada al lado de lo que el juego nos da, al lado de lo que el juego nos dio. Cuando jugamos empezamos a desarrollar la imaginación y por tanto comenzamos a forjar nuestro ser creativo. Nuestras primeras películas y obras de teatro, nuestros primeros viajes y esa profesión que siempre quisiste tener, vinieron con el juego. Y con el juego también llegaron las primeras amistades, tan rápidamente como llegaron los primeros enfados y conflictos. Porque el juego es eminentemente social, y salvando esa corta etapa en la que los niños más pequeños juegan solos, esa diversión y pasatiempo viene resultando la antesala de las relaciones sociales adultas. Las habilidad social del que tiene que aceptar las reglas del grupo, del que se adapta a las normas y del que protesta cuando algo no es justo. Todo esto es juego y mucho más.

Gracias al juego estuvimos en forma, para arriba, para abajo, corriendo delante del que llevaba la pita o haciendo el pino puente. Lo cierto es que nunca haces más ejercicio que cuando eres un niño y no es de extrañar que nunca vuelvas a dormir como cuando juagabas. Y no me refiero al hecho de no tener tantas preocupaciones, que también. Me refiero a la sensación de caer rendido tras una jornada de eso que ahora llaman gamificación, vamos, lo que hacían tu madre y dos vecinas con un pañuelo viejo en tu barrio cuando os reunían a todos los de tu quinta.

Porque jugar era cuestión de relacionarse, de hacer amigos, cara a cara. Jugar era aprendizaje cooperativo del de verdad. Cuando jugábamos lo hacíamos en grupo y no había liderazgo ni motivación intrínseca, porque jugábamos sin más, como algo inherente a la infancia que normalizaba el salir a la calle a divertirse

Pero no me quiero enrollar en analizar el juego desde el punto de vista del abuelo que se pasa un día entero contándote cómo eran los juegos en sus tiempo a los nietos. Hoy me gustaría reflexionar sobre ese momento en el que le decimos adiós al juego, ese momento en el que dejamos de jugar.



Seas del equipo de los 129 o de los 1058, seguro que jugaste a este juego en tu infancia. Y es que debe ser difícil resistirse, ¿verdad? Todos llevamos un niño dentro, y éste no es ni más ni menos, que lo queda de infancia en nosotros. 

Y es que no se trata de que tú hayas dejado de jugar con la adultez, muchos somos adultos y todavía jugamos. Se trata de que los niños ya no juegan, porque no saben, porque no tienen un ambiente propicio, porque no tienen un lugar de recreo, porque ya no es lo que hacen los niños, simplemente.

Mi recuerdo más vívido sobre mi primer día como docente es del patio de recreo. Recuerdo el sonido ensordecedor de un tumulto de niños rebosantes de energía. ¿Y a qué jugaban? A gritar corriendo. Ni la goma, ni la cuerda, ni los trompos o canicas. De verdad, no era cosa de este centro educativo en concreto, ni de aquellos niños. La infancia de hoy en día, no sabe jugar, a nada. Y no es por falta de intelecto o de creatividad como asumo en el encabezado de esta entrada. No saben jugar porque no les damos la oportunidad de que lo hagan como lo hacíamos nosotros y el ambiente geográfico social en el que se crían no es propicio para que desarrollen el aspecto lúdico.

Es una realidad palpable el hecho de que los niños no saben jugar porque no les damos las opciones ni el ambiente que necesitan. No hemos cuidado la estructura geográfico social necesaria para que el juego se desaorrolle con normalidad y atendemos a las primeras generaciones alúdicas (y acuño término).

El juego, un derecho.


La importancia del juego resulta tan evidentemente vital, que como tal viene recogida en la Declaración de los Derechos de los Niños promulgada por la ONU en 1959. Concretamente en su artículo número 31 sobre el descanso, la recreación y las actividades culturales, dicha declaración incide:

Los Estados Partes reconocen el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes.

Pero ese derecho al juego, esa declaración de intenciones para respetar este elemento trascendental en el desarrollo físico y cognitivo de los niños no es posible por muchos factores:
  • No existen espacios o grandes áreas acondicionadas a juegos que necesitan superficies aplias.
  • Los planes urbanísticos han restado espacio a parques y áreas comunes.
  • No se edifica o se crean comunidades pensando en el niño, nuestro modo de crear ciudades es adultocentrista.
  • Nuestro estilo d vida no es el propicio para el desarrollo del juego. Los niños van corriendo de un lado al otro, entre extraescolares y actividades para el beneficio de unos adultos que no tienen otro modo de conciliar la vida familiar con la laboral.
  • La transmisión de contenidos culturales relacionados con el juego popular se ha saltado la generación de las pantallas, que cada día aumenta el tiempo de exposición al juego tecnológico.
  • Las relaciones en nuestra sociedad están cada día más enfocadas al individualismo, dando especial importancia a la competitividad, el liderazgo y la estructura jerárquica de poder, en contraposición de las sociedades colectivistas que fomentan la comunidad. Este es, en mi opinión, uno de los mayores factores en la paulatina desaparición del juego social

Por estos y muchos más factores, no estamos respetando el derecho al juego de los niños. No me gustaría frivolizar con este aspecto, ya que en comparación con lo que viven por desgracia, en países en donde se convive con el conflicto bélico o la dictadura, nuestros niños tienen un acceso al juego privilegiado; pero tampoco me puedo tapar los ojos ante una realidad que veo todos los días. Nuestra infancia está dejando de jugar y no por gusto. Su juego no es de calidad. Les debemos que el juego exista en sus vidas de un modo enriquecido, centrado en la socialización y en el desarrollo de las capacidades y habilidades lúdicas. El juego, también es un derecho.

Preadolescencia cada día más temprana.


Por otro lado, actualmente atendemos a una preadolescencia cada día más temprana, que quiere dejar de ser niño vía mass media. La preadolescencia es un núcleo poblacional con un nicho de mercado muy marcado. Vamos, son carne de cañón de una música que no es para ellos, de una ropa que no es para ellos, de pasatiempos y hobbies que no son para su edad. Y consumen, porque lo hacen mediante nosotros, que pagamos el pato.

Jugar ya no está de moda, porque ahora los niños quieren ser adultos lo antes posible y el juego es cosa de niños. Lamentablemente el empuje del frikismo, que tanto ha hecho por la gamificación en el hogar no llega a toda la población. Los hay que juegan a rol, que juegan al juego de mesa, pero no son ni mucho menos, mayoría.

Y la adolescencia, pues ya se sabe, la tumba de lo lúdico. Dudo mucho en los IES se juegue a otra cosa que no sea el fútbol (la famosa dictadura del fútbol, que da para otro post) u otro deporte mayoritario. Supongo que tampoco se incentiva, el hecho de que a todas edades se puede jugar. Pero como te comentaba, es un hecho factible que en la etapa de Educación Primaria tampoco lo hacen. Su forma de jugar está a medio camino entre la pita a golpes y gritar corriendo y arrasando con todo. Parece haber un cambio en la transición que hacen desde la etapa de Educación Infantil, donde las pedagogías son más lúdicas; porque cuando llegan a Primaria, a penas queda nada del juego tal y como lo conocieron.


Aumento del juego tecnológico.


Pero lo más preocupante a la hora de abordar la problemática del juego hoy es, sin duda, el aumento del juego tecnológico. En nuestra actual sociedad, dominada por las pantallas, estamos condicionados por un progresivo aumento del juego tecnológico frente al juego activo y al aire libre. Nuevos conceptos como el Síndrome de déficit de la naturaleza o el síndrome de Hikikomori, vienen respaldando la idea de que el juego, tal y como lo hemos concebido durante siglos, se está perdiendo. Niños adictos a las pantallas, vídeos de bebés que no pueden vivir sin el móvil o adolescentes que no abandonan la partida de videojuego bajo ningún pretexto son, de lejos, la peor problemática de los más jóvenes. El hecho de la desaparición del juego social está transformando nuestra sociedad y ya se sabe lo que pasa con lo que se siembra.

En conclusión, no podemos recoger soledad, aislamiento y pérdida de la infancia. Es el momento de invertir en el juego, de apostar por lo lúdico y gamificar la sociedad. Esas 129 personas que saltan en la rayuela lo tienen claro. No quieren decirle adiós al niño que llevan dentro, quieren jugar. Ahora, démosles la oportunidad a quienes el juego les corresponde por derecho. Ayudemos a jugar.

Hoy, la casa es una imitación de la ciudad, en ella están todas las comodidades, pero está todo bajo vigilancia. Más si la necesidad del niño es jugar libremente y compartir su tiempo con sus amigos, se entiende que un niño que no sale de casa no puede jugar.


Francesco Tonucci

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