Crianza lunes, 23 de diciembre de 2019

Proteger es amar.

Es una idea generalizada en la actualidad que un modelo protector en relación al estilo de crianza es perjudicial. Se tiende a menospreciar o invalidar el modelo desde términos como la sobreprotección, el fenómeno de los hiperpadres o hipermadres, los padres o madres helicóptero, y todo un sinfín de calificativos entre lo despectivo y lo pseudocientífico, que defienden la no intervención en conflictos o en el juego, ante el riesgo, etc.

Los problemas derivados de una protección desmedida parecen haberle dado la vuelta a la tortilla, y donde antes se asumía el proteger a nuestra infancia desde la naturalidad, ahora mismo resulta casi un desatino, una invasión, un no dejar crecer. En todo caso, como en tantas otras situaciones de la ma/paternidad, se produce este efecto polarizante del blanco o negro, donde cada cual escoge su parte del tablero. Un tablero donde parece que tienen la partida ganada las nuevas corrientes que tienden a proponer que la protección es negativa, que es necesario dejar en libertad y apoyar, pero desde la distancia.

Tengo que reconocerlo, escribo esta vez influenciada por un comentario que me hizo no hace mucho una pediatra. Ni corta ni perezosa, me dijo que mi hijo "necesitaba un hermanito". Estas típicas frases de las que ya te he hablado en ocasiones como esta, que más allá de mostrar un rigor científico, son fruto o de no saber qué decir o de la resabiada refranería popular. El caso es, que la circunstancia en la que estábamos le hizo suponer que yo era una madre demasiado preocupada, de esas que protegen de más. Y se vio con el talento de la experiencia para hacerme ver el camino. Sin molestarse si quiera a pensar en si no puedo tener hijos, en si los estoy buscando o en mil circunstancias más, dio por hecho que la solución era nada más y nada menos, que traer otra vida a este loco mundo. Y yo, realmente, no hice acopio de pedagogía y me limité a reír las gracias con pequeña mueca y mordiendo un poco el labio. Y creo que lo hice, porque realmente la vi muy profesional, en todo menos en el prejuicio vía palabra.

Pero aquí, que hay confianza, te digo, que en lo personal y respetando las opciones de crianza de todo el mundo considero, que proteger es amar. Proteger es cuidar, es alimentar el cuerpo y el alma, es abrazar en un plano físico y en uno emocional. Proteger es estar al servicio de nuestro bien más preciado, la infancia.




Proteger es amar.


Existe un momento que es mágico entre pa/madres e hijos. Ese momento en el cual los ves hablándose en un idioma familiar, con caras de amor y ajenos a todo lo que les rodea. ¿Te das cuenta del momento del que te hablo? Ese instante en el que todo se paraliza y lo único que queda es esa manera de hablar, de dirigirse al otro, las canciones, las carantoñas, la atención selectiva puesta en el niño y los ojos del amor personificado. Ese momento de pura belleza, que hace del ser humano una obra maestra. Cualquiera puede sentir el amor ma/paternofilial hasta el punto de llegar a parecer en ocasiones ñoño o cursi.

En otras ocasiones te he hablado del experimento de Edward Tronick "Still face", que me gustaría volver a recordar hoy. En este experimento, el psicólogo norteamericano, manipuló este tipo de situaciones entre madres e hijos para probar los efectos de la depresión en la crianza. La falta de apego en los primeros años de vida resultaba determinante, según el estudio de Tronick, que aseveraba que aquellos niños criados desde la desprotección y el abandono, desarrollaban conductas que van desde la agresividad a la tristeza permanentes.



Lo que podemos ver en el vídeo es un sistema bidireccional de comunicación afectiva. Esto significa que la madre (en este caso) muestra afecto al bebé, y este se retroalimenta devolviendo este afecto y aportándole bien estar. En otras palabras, el bebé, a pesar de su corta edad tiene habilidades emocionales básicas que va desarrollando en función de lo que observa. Cuando la madre para de aportar estas atenciones que puede parecer rocen lo ridículo, no pasa nada en un primer momento. El bebé tiene esta impronta comunicativa que empieza a funcionar desde el minuto uno. Es entonces, cuando al persistir este momento de desprotección, de desatención, que la conducta del hijo cambia. Si no tenemos un punto de retorno, es decir, ese momento de volver al apego, al cariño, a la interacción comunicativa; las consecuencias pueden ser desastrosas.

Nadie ha dicho que criar fuera fácil y desde luego, lo que parece un mantra fundamental es entender la pa/maternidad como un cúmulo de actuaciones con el mayor de los sentidos comunes y dentro de un equilibrio constante. Con esto quiero decir que en el balance de nuestras actuaciones parece estar la fórmula correcta. Evidentemente proteger en exceso resta en autonomía, en desarrollo y en libertad. Pero sería de necios pensar que desproteger es positivo. Con todo, parece que en los últimos años se tiende a esto mismo. Hay muchos modos de abandono que se fundamentan en la mejor de las intenciones y el ritmo de vida actual parece apoyar que cada día más niños se muestren inertes en vida. No son casuales muchas de las conductas de pasotismo y de inexpresividad ante cualquier nueva circunstancia, ante cualquier estímulo.  No son de extrañar las situaciones de alegría y encanto efímeros, fugaces, resultado de un estilo de crianza basado en el menor de los casos hacia la infancia.

Proteger es amar. En el experimento Still face, la evidencia científica no fue que los niños de corta edad tuvieran un modelo de comunicación emocional, ni siquiera que tomaran éste de sus interacciones con sus madres. El mayor logro fue comprender como la privación de la atención constante en los niños de corta edad sería determinante en la adquisición de conductas emocionalmente no estables y con un locus de control desestructurado. El niño se siente perdido, no entiende la información que le rodea y recurre a las llamadas de atención, al llanto y a la rabieta. Lo que Thondick evidencia con este estudio es la necesidad de un apego saludable, que ofrezca un amor respetuoso; pues serán precisamente aquellos niños con quienes mostremos este tipo de comunicación afectiva, los que tengan más facilidades a la hora de superar sus miedos y de afrontar nuevos retos y conflictos en su día a día.

No al revés. Nunca al revés. No por dejar ser, pensando en su desarrollo e independencia desde la distancia, en un segundo plano, conseguiremos niños fuertes. Es al contrario. Una mente sana está formada sobre unos pilares estables escritos en clave de amor, cariño y protección. Proteger es amar, y solo cuando sabemos lo que es ser amado, es que ya no necesitamos que nos protejan, sino proteger a los demás.

Bibliografía.

  • Tronick, E.Z. (1989), “Emotions and emotional communication in infants”, Ameri -
    can Psychologist, 44, 112-119. 1989.
  • Schejtman, C. R. (2004), "Efectos de la depresión materna en la estructura psíquica durante el primer año de vida. Psicoanálisis e investigación empírica con infantes". Subjetividad y procesos cognitivos, 6, 275-296.

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Los niños no se acostumbran a los abrazos, los necesitan.

✓Anónimo.


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