Educación lunes, 7 de septiembre de 2020

Un salto de fe

La vida es riesgo, y menos mal. Sé que no es lo que quieres oír o leer ahora mismo, pero esto es así. En el momento en el que te levantas de la cama, empiezas a asumir riesgos en las cuestiones más cotidianas y es gracias a esto que estamos vivos. Porque solamente así podemos decir que hemos vivido realmente. Imagínate que siguiéramos ahora mismo confinados. Hubiera sido medio año perdido, no vivenciando, sin riesgo, ¡sin vida misma! Y esto, que nadie nos dice, es lo que más presente debemos tener a la hora de abordar la vuelta al cole, la nueva normalidad educativa, especialmente con los niños.

 

un salto de fe

Los versos de Alfredo Cuervo Barrero resuenan en mi cabeza estos últimos días. Haciendo limpieza en el aula de música me encontré con un poema dedicado de un par de alumnos de esos inolvidables. Con su dibujo y su dedicatoria, daban en el clavo de lo que quiero para este curso escolar.
 

Queda prohibido llorar sin aprender,

levantarte un día sin saber qué hacer,

tener miedo a tus recuerdos.

Queda prohibido no sonreír a los problemas,

no luchar por lo que quieres,

abandonarlo todo por miedo,

no convertir en realidad tus sueños.

 

Para mí, ahora mismo, queda prohibido no afrontar esta situación con una sonrisa. Más allá de quienes tengan la culpa de volver como volvemos, más allá de la situación sanitaria y sin juicios, sin dejar de sentir preocupación, pero sin miedo. Aunque me hayan obligado a volver así, yo sí puedo elegir no tener miedo. Sin ánimo de temeridad alguna y siendo consciente del peligro porque es real, yo elijo asumir el riesgo del modo que yo quiero. Para mí, queda prohibido alentar desde las aulas que el alumnado tenga miedo. 

Se está hablando ya del miedo a la separación que sufrirá después de pasar tanto tiempo en un entorno eminentemente familiar y arropado, el alumnado. También del miedo a enfermar, de que se dispararán las hipocondrías (tanto en adultos como en niños), de que aumentarán los casos de procesos depresivos y de ansiedad de las comunidades educativas en general. Se habla del miedo a la muerte que padeceremos, que ya padecemos, del miedo a la pérdida de los seres queridos. Psicólogos, psicopedagogos y terapeutas ya están poniendo el ojo en las próximas conductas que nos encontraremos en las aulas: abatimiento, enfado, falsa apariencia de tranquilidad,... Así como de determinados rasgos como desórdenes en el sueño, en la alimentación, falta de concentración y de atención, dispersión, descontrol en los estados de ánimo cambiantes, etc. Pero no es todo esto lo que más me preocupa, que también. Me preocupa el miedo a volver a vivir, el miedo a la vuelta, no del cole, sino de la vida misma. Me preocupa que no seamos capaces de pasar página. Pero sobre todo me preocupa que ellos lo vean y aprendan que la vida es esto que nos ha quedado después de la pandemia, incertidumbre, miedo, caos.

Por tradición histórica, las religiones y el poder político han empleado el miedo para que las sociedades desecharan sus valores, dejaran de ser lo que dictamina su esencia; pero como educadora no puedo obviar que el papel de la educación en sí, que siempre ha estado al servicio de la razón y de la lógica. Yo ya he llorado esta vuelta, pero estoy cansada de afrontarla con miedo porque sé que no me puedo permitir pisar un aula con este ejemplo. ¿Dónde quedarían los valores de la superación, del esfuerzo, la resiliencia si nos dedicamos a educar en la inseguridad, el escepticismo, la dependencia? No pisaré un aula sin la convicción plena de que más allá del control o la falta de control que tenga sobre la situación, yo elijo apoyar la autoestima, la responsabilidad y la libertad. He decidido volver con alegría, porque la vuelta es obligada, pero nadie me obligará a volver con el temor por bandera.

Y si me preguntan, ¿qué supone para ti esta vuelta al cole?, ¿cómo la ves?, cosa la cual me han preguntado mucho recientemente. Yo contestaré que para mí es un salto de fe. Es el momento de confiar, de trabajar en equipo, pero en esta ocasión de verdad, familias y escuelas, institutos. Es el momento de decidir luchar juntos contra el miedo, un miedo real, sí, pero que no puede ser anestesiante. Debemos dar ese salto, debemos confiar en el buen hacer de los equipos directivos, en la implicación de los maestros y docentes, en la capacidad de cuidar y proteger. 

Cuando la información sensorial es percibida por nuestro organismo, entra directamente en el sistema límbico, nuestro cerebro emocional. Entonces la amígdala se encarga de interpretar esta información. Si lo que interpreta es una emoción de miedo, estrés, ansiedad, el sistema límbico se hiperestimula y envía la información hacia el tronco cerebral, nuestra parte del cerebro primitiva que nos empuja a la acción de protegernos. Si por el contrario, la información que recibe la amígdala está relacionada con una emoción de alegría, ésta es enviada directamente al neo cortex, es decir, la parte de nuestro cerebro en la cual se produce el aprendizaje. 

Con miedo, no hay aprendizaje. Por favor, saltemos.

El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma.

 ✓ Aldous Huxley.


 


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