Educación domingo, 16 de diciembre de 2018

Carta a esa alumna que me hace mejor docente


Cuando pasan los años en esta profesión, la docencia, te das cuenta de que tu manera de dar clases, tu forma de relacionarte con el alumnado o incluso con las familias, no es lineal; sino que va cambiando conforme a tu transformación personal. A más años mayor es la experiencia, pero esto no quiere decir que inmediatamente seas mejor docente, sino que has tenido más tiempo para reflexionar y para analizar tu práctica educativa. En los cambios que decides implementar en el aula o incluso en tu transformación como profesional está, para mí, el verdadero triunfo; aun cuando estos cambios no lleguen a ser siempre para bien, pues ahí radica el aprendizaje. Por más lamentable que suene, un docente no es perfecto y aprende con el ir y venir de las generaciones que educa. Se perfecciona desde la experiencia más tangible, ese maestro que te está diciendo 'Te lo dije', a cada paso que das.

Con respecto a esto, me gustaría compartirte lo que me ha ocurrido hace unos días, pues creo que supone un avance en mi aprendizaje como docente. La semana pasada he tenido una especie epifanía, uno de estos momentos que te dejan las cosas tan claras que inmediatamente pasas al siguiente nivel casi sin darte cuenta. Y me gustaría compartirla contigo que te dejas caer por aquí o que llegas por casualidad, para que esta reflexión pueda ser la tuya también o simplemente un descarte. Pero realmente necesito contarlo, porque para mí ha sido un antes y un después. Los docentes que impartimos clases en los últimos niveles de etapa, el cual es mi caso, deberíamos hacer un cursillo para gestionar la avalancha de sentimientos que se nos vienen en los momentos de despedida (de esto ya hemos hablado aquí, con esas 'cosas que nunca te dije') y es que nadie desde fuera es capaz de entender lo que se llega a querer a los alumnos. No creo que se pueda entender el cariño que les tienes después de convivir tanto tiempo, sabiendo que se van para mejorar, porque crecen, pero inevitablemente dejándote atrás, porque así es como tiene que ser. Así es como ellos tienen que avanzar, pero echarlos de menos es inevitable. 

No seré yo quien diga que hay generaciones de alumnos que te marcan, porque al final los recuerdas a todos, sea por el trabajo que te dieron, sea por el cariño, o por simpáticos, o por lo que sea. El caso es, que a la última generación de alumnos y alumnas que despedí, los recuerdo y los echo mucho de menos, más de lo normal, y creo que esto es por su gran calidad humana. Nada fuera de lo normal, pues conociendo a sus familias a lo largo de su evolución, también los fui descubriendo a ellos en su forma más filántropa. Al fin y al cabo no son más que el reflejo de sus casas. Sin liarme, que voy a la epifanía.

Un día llegas a tu centro de trabajo y nada es igual. Llegas con ojos cansados de cotidianidad y una mamá de una exalumna, de esas que cuando pasan al instituto han crecido medio metro y son chicas ya ante tu cara de estupefacción, te dice que quiere contarte algo. 'En el Instituto le han pedido a María (no es su nombre real, pero para salvaguardar su intimidad, es el que he elegido) un trabajo sobre una persona importante para su familia y ¿sabes a quién ha elegido? Luego te cuenta que te ha escogido a ti y en mi caso, pues entro en shock. Mientras me empieza a leer el texto del trabajo, del cual no me entero, me doy cuenta de que el cariño es mutuo y se me vienen las lágrimas a los ojos. Compañeros van pasando y te ven con cara de esta chica está fatal y tú sigues recordando...

Le pedí a esta mamá una dirección para escribirle una carta de agradecimiento a María, y a ésta, su permiso para compartir esta carta que escribí con el aprendizaje de este día.



Querida María.


Querida María.


Ayer por la mañana me levanté como cada día laboral para ir a trabajar, dentro de la rutina y de lo cotidiano de siempre, pero cuando llegué al colegio, ese que tanto echas de menos, todo cambió y me di cuenta de que cada día de trabajo en nuestro CEIP Mestre Martínez Alonso, es un regalo. Camino de mi clase me encontré con tu mamá y me leyó un trabajo que habías hecho para el instituto. Tengo que reconocer que cuando ella estaba concentrada entonando tus maravillosas letras yo estaba en shock, no podía reaccionar. Tu madre me dijo que te habían pedido un trabajo sobre alguien importante para tu familia y cuando supe que esa persona era yo, se me vinieron las lágrimas a los ojos. Todavía me vienen.


María, no sabes cuánto te echo de menos, cuánto os echo de menos a todos. Los recuerdos de vuestra generación se me agolpan a cada paso que doy por el colegio. Te recuerdo riendo con tu timbre inconfundible, te recuerdo discordando con tu gran personalidad y sin un ápice de miedo a la respuesta de los demás, te recuerdo con ojos de soñadora, imaginando, ilusionándote hasta con una mota de polvo, te recuerdo cuando veo el libro de Calpurnia Tate que compartimos en aquel Club de lectura, cuando saco aquella letra que escribiste de aquella canción del cajón de mi escritorio (sí, todavía la leo), o cuando veo tu mural camino a la biblioteca, cuando rememoro aquella presentación que hiciste con la que me dejaste boquiabierta,... Y fíjate, un curso después y desde la distancia, todavía lo haces. Haces que me quede de piedra ante tus muestras de afecto desinteresado. Eres genial, María. Eres irremplazable.


Verás, hoy me gustaría darte las gracias, por muchas cosas. No sólo por ser como eres, por darte a los demás con el corazón, por arropar a quien más lo necesita, sino también por acordarte de esta vieja profe (cada día más vieja), que aprendió más de vosotros que vosotros de lo que yo os haya podido ofrecer en tanto tiempo. Me gustaría decirte, María, que es muy bonito este trabajo, aunque a veces los enfados y las decepciones no nos dejen ver toda su belleza. Tú lo sabes, porque dentro de esa mente callada y observadora, analizabas cada rincón y cada gesto facial con el que saludaba a vuestra clase. No sé cómo me han podido pasar los años tan rápido y no haber podido disfrutar más de cada momento que pasé con vosotros. Si supieras ahora lo que me arrepiento de perder tanto el tiempo enfadándome o quejándome. Ojalá pudiera volver atrás y reír un poco más, ¡¡de escribir un poco más en aquel cuaderno de Dumbadas!! Jajajaja.


Gracias, María. El día de ayer me hiciste reflexionar sobre el tipo de maestra que quiero ser y tengo muy claro que no volveré a perder el tiempo con enfados y lamentos, que soy muy, muy afortunada por trabajar con personas como tú. Yo tampoco te podría olvidar nunca María, no sólo por ser como eres, por tu bondad y tu cariño infinitos, sino también porque contigo soy mejor docente y mejor persona. Gracias por estar ahí y por tu trabajo, que aunque no era para mí te lo digo, es un trabajo con una redacción de sobresaliente. Pero ningún diez podrá puntuar nunca tu talento humano, María. No hay nota en este mundo que evalúe cuando alguien es especial, ni colegio, ni instituto; pero la gente a tu alrededor verá en el brillo de tus ojos y en tu sonrisa la gran persona que eres y esa alma comunicadora que transmite sentimientos en estado puro. No cambies nunca, María. Te comerás el mundo y yo podré decir con orgullo, ¡¡fue mi alumna!!



Quién volviera a este momento, con lo que sabemos hoy...

 

Y la carta acaba con una foto de grupo y un contundente 'Quién volviera a este momento, con lo que sabemos hoy...'. Y aquí radica el aprendizaje. A lo mejor malgasté mucho tiempo enfadándome porque no traían la tarea, o porque no estudiaban o porque había un conflicto en el patio. A lo mejor malgasté mucho tiempo quejándome en lugar de disfrutar de ellos. A lo mejor perdí momentos, de esos que no se pueden explicar porque quedan para nosotros (esas dumbadas, se reirá quién lo sepa, nadie más). A lo mejor es que no valoramos lo suficiente el privilegio que tenemos por trabajar con niños. Que sí, que todo el mundo lo sabe y lo dice y lo entiende, pero actuar es otra cosa. Llegar a tu aula y aceptar a tu alumnado con sus defectos y sabiendo que vas a echar de menos esos detalles que te irritaban, eso es otra cosa. La mayor parte de las veces, los docentes somos apasionados de nuestro trabajo, pero no siempre o no tan a menudo, somos apasionados de la infancia. Yo le quiero dar las gracias, una vez más a María, que ha hecho que recuerde que nada es más importante que disfrutar de este trabajo, disfrutar de ellos que no siempre estarán y empezar las mañanas con una gran sonrisa. Porque habrá muchas dificultades que sortear en el camino, pero tu alumnado sabe que todo es más fácil si cuentan con tu cariño y tu empatía, pero también con tu sentido del humor.

Cuando se van, ya es tarde para las lamentaciones. De esta generación he aprendido que no quiero ser una docente amargada con la bronca en la boca todo el día. Algo que parece tan obvio, pero que no se entiende hasta que les dices adiós.

Y porqué no, hoy vamos a cambiar esa cita tan rotunda de Nelson Mandela:


La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo,

y digamos que también lo es para cambiarte a ti mismo, profesor.


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