Esta semana he estado reflexionando sobre algo que empieza a hacerse evidente al fin. La desigualdad digital ya no está solo en el acceso, está en el la cultura, en la clase social, en el desarrollo del pensamiento.
Durante años hablamos de brecha tecnológica en términos de dispositivos y conexión, pero hoy en día el escenario es mucho más complejo. En la era de la inteligencia artificial, la diferencia no la marca quién tiene la herramienta, sino quién sabe utilizarla con criterio.
En 2015 realicé un Máster en Coaching educativo y aprendí una idea que ahora cobra más sentido que nunca: la calidad de la respuesta depende de la calidad de la pregunta.
En un contexto donde la IA responde, produce y automatiza, esta afirmación se vuelve estructural. No basta con saber usar herramientas, hay que saber pensar antes de preguntar. Formular preguntas poderosas implica activar destrezas cognitivas profundas: analizar, relacionar, inferir, contrastar, anticipar consecuencias. Sin ese trabajo previo, la tecnología no amplía el pensamiento; lo sustituye. Y cuando el pensamiento se sustituye en lugar de desarrollarse, aparece una desigualdad más sutil, más silenciosa, una desigualdad invisible.
No todos los alumnos están aprendiendo a pensar digitalmente. Algunos solo están aprendiendo a consumir respuestas. Aquí es donde empiezo a hablar de "Tecnología con Alma". No se trata de demonizar herramientas ni de idealizarlas. Se trata de integrarlas desde una mirada pedagógica consciente. Antes de adoptar una aplicación, una web, una plataforma o una tendencia, deberíamos preguntarnos:
✔️ ¿qué destrezas desarrolla?
✔️ ¿qué tipo de pensamiento activa?
✔️ ¿qué cultura digital construye?
La tecnología no es neutra cuando entra en educación. Debemos ser responsables y entender que ésta amplifica lo que ya existe. Si hay pensamiento crítico, lo potencia. Si no lo hay, amplifica el ruido, la desinformación, la tecnología como ocio absurdo y la pérdida cultural.
La escuela no puede competir con la velocidad de la innovación tecnológica. Y quizá ahí esté la verdadera revolución educativa en los tiempos que corren. Mientras las noticias más virales nos bombardean con prohibiciones, adicción o salud emocional; los docentes deberíamos empezar a pensar menos en cómo reaccionar ante la tecnología y más en cómo educar con ella.

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