coaching domingo, 22 de abril de 2018

Empatía selectiva

La empatía se ha convertido, en los últimos años, en una de las habilidades sociales más demandadas en el ambiente escolar, pero también en tantos otros círculos vinculados a lo social o a lo laboral. Esta capacidad totalmente innata, nos faculta para abrazar la realidad de nuestro prójimo, comprendiendo de un modo emocional, cómo se siente en una situación dada. Pero el trabajo de la empatía va más allá de la comprensión resultante de entender a los demás. De hecho, sin un trabajo de la empatía relacionado con sus elementos más emocionales, podemos llegar a sentirnos empáticos sin serlo.

¿Cómo es esto? Pues muy fácil. Fíjate en los siguientes datos:

En lo que llevamos de 2018 ha fallecido Stephen Hawking o la solista del grupo musical The Cranberries, Dolores O'Riordan. También el pequeño Gabriel Cruz, fue asesinado, conmocionando la opinión pública española y se hayó el cadáver de Diana Querr, también asesinada en 2016. Pero además, en lo que llevamos de año, han fallecido otras cinco mujeres por causa de la violencia machista.

Ante cualquiera de estos datos, podemos sentir empatía con las víctimas o con el sentimiento de las familias de las fallecidas y asesinadas, pero como es evidente, y en consonancia con el apoyo de los medios de comunicación; no todas las muertes suscitan los mismos sentimientos empáticos. Por no hablar de las muertes de mujeres y los abusos sexuales en la República del Congo o del conflicto sirio. No todas las muertes, por más dolorosas que sean, suscitan la misma empatía, sin ningún ápice de frivolidad ante cualquier dato. Al igual que no todas las causas, no todos los problemas, no todos los motivos, casos, sucesos, ocurrencias, hechos o acontecimientos suscitan nuestra empatía del mismo modo, en la misma medida o con la misma intensidad.

Pero para entender por qué tenemos la capacidad de selección en un sentimiento tan noble como lo es la empatía, comencemos por hacer un repaso del término:




Empatía.


La empatía es una capacidad cognitivo emocional, consistente en la apreciación de los sentimientos de otra persona y el hecho de vivenciarlos como propios. En un lenguaje más asiduo se ha venido concretando como la capacidad de ponernos en el lugar del otro. Pero es importante señalar que ejercer empatía cognitiva, no significa necesariamente, ejercer una empatía emocional. Y esto es algo que ocurre mucho en la infancia, especialmente en los primeros años de vida de los niños. 

Si a estas alturas te estás preguntando cuándo aparece la empatía en el ser humano, no te esfuerces, es innata. Los últimos avances en neurociencias y concretamente en el estudio de las neuronas espejo, nos dicen que la empatía no sólo viene de serie sino que puede que sea un acelerador innato de la cognición.

Por tanto, somos seres inteligentes, que tenemos la capacidad de sentir empatía intelectualmente. Por ejemplo, si un niño pequeño por un descuido rompe el plasma del salón de sus padres, con bastante probabilidad se sentirá apenado pues entenderá que dicha situación producirá malestar en estos. El niño siente empatía, pues se pone en los zapatos de sus progenitores entendiendo que la rotura del televisor causará un prejuicio económico muy probablemente. El ejercicio de la empatía en este caso es intelectual y emocional. El niño siente empatía y entiende porqué sus actos generarán un pesar en otras personas, por tanto la empatía emocional coincide con la cognitiva.


Sin embargo, esto no es siempre así. Puedes comprender y entender perfectamente el dolor de una persona próxima, pero no experimentarlo, no sentirlo o simplemente no ponerte en su piel. Este es el motivo por el cual no todas las muertes, como te decía al comienzo de la entrada, suscitan los mismos sentimientos.

Empatía selectiva.


Si tenemos el poder de desconectar ante estímulos distractores y de centrarnos en aquellos salientes que nos convienen en una determinada situación, es decir, si tenemos atención selectiva; no es de extrañar que también seleccionemos la empatía para no sobrecargarnos. Es una pauta general en las personas altamente sensibles o muy empáticas, que el peso de ese "ponerse en el lugar de los demás" conlleve graves problemas emocionales. Por tanto la empatía selectiva puede resultar beneficiosa para no cargar con demasiadas emociones ajenas, pero igualmente nos sitúa en una dicotomía cuyos extremos son siempre nocivos. Tener una empatía selectiva agudizada nos desvincula de nuestro componente más humano, más filántropo, más social.

Es el caso integral de ese amor desmedido por los animales, mientras niños pasan hambre; tanto como otros de índole más mundana, como restar importancia a los problemas cotidianos de los demás, aun a sabiendas de lo duros que para ellos resulten.


Apego, como impulsor de una empatía global.


El trabajo de la empatía debe ser uno de los pilares básicos en el manejo de la educación emocional tanto en las casas como en las aulas. Este trabajo tiene además un beneficio a mayores del aprendizaje en sí, pues favorece la interpretación de las necesidades de los otros. Para conseguir un mejor clima en el aula, en el hogar, en el parque, en el equipo de fútbol; es imprescindible el ejercitarla. Pero además, la empatía se ha venido reconociendo como la principal característica laboral para ejercer un liderazgo sano. Ayuda en la resolución de conflictos, favorece la escucha activa, evita prejuicios, genera sinergias emocionales y crea auténtica magia. Pero no podemos olvidarnos de practicar con el ejemplo, pues entender qué es empatía no es sinónimo de sentirla.

Para luchar contra la empatía selectiva tenemos una herramienta facilitadora que es gratuita y que sale de manera natural. El apego. Mostrar a nuestros hijos y a nuestros alumnos amor por los demás, cariño y compasión, es un aprendizaje que genera una cognición emocional sobre la que posteriormente se desarrollará un concepto de empatía más elaborado. Enseñar desde la cuna a analizar las caras de los demás, a comprender que hay más personas al rededor que sufren, a adivinar qué les sucede a otras personas, será fundamental; pero más aún, lo será el ejemplo. Un padre, una madre, un o una docente que empatiza con su hijo o alumno, no solamente es una persona prosocial, sino que es desencadenadora de una empatía sana desde el aprendizaje mediante modelado. El niño aprende a ser empático porque ha visto cómo sus figuras de apego lo han sido con él, aprende a sentirse apenado cuando rompe con el televisor de 42 pulgadas, porque lo ha visto previamente cuando su madre se apenaba cuando se rompía su juguete favorito.

Tan sencillo y tan difícil al mismo tiempo. En una sociedad corrompida por las individualidades, debemos confiar en nuestra capacidad de amar, para que las nuevas generaciones dominen la empatía racional.



"Lo opuesto al odio no es la tranquilidad, es la empatía."
✓Mehmet Oz

También te gustará

0 comentarios

Suscríbete a la Newsletter

Recibe mis publicaciones en tu email y no te pierdas nada.

Ganadora del Concurso Reinventa los clásicos de Vicens Vives

Estoy en madresfera

PREMIO V CERTAMEN LA EDUTECA EN LA SECCIÓN MEJOR BLOG DE PROFESORES