No digo nada nuevo si afirmo que en los últimos años la inteligencia artificial se ha colado en los debates educativos con una mezcla entre fascinación y alarma. Pero sobre todo, el número de expertos y expertas en IA se ha multiplicado de manera ecponencial y esto es un problema. Aunque, casi siempre en educación, la problemática no está en la herramienta o en las oportunidades de negocio; sino en el contexto en el que se usa. Y ese contexto, nos guste o no, está atravesado por la clase social.
La IA promete personalización, apoyo y autonomía, pero estas promesas solo se cumplen para quienes pueden acceder a ellas en condiciones dignas. Porque no todo el alumnado tiene conexión estable, dispositivos propios o un espacio tranquilo donde experimentar, equivocarse y aprender. Tampoco todas las familias pueden acompañar, supervisar o entender qué está pasando cuando hablamos de algoritmos, plataformas o asistentes inteligentes.
En el aula, la brecha se manifiesta de formas sutiles. En quién sabe formular preguntas, en quién domina el lenguaje académico necesario para interactuar con una IA, en quién se atreve a probar sin miedo a romper nada. La desigualdad no nace con la inteligencia artificial, pero la IA puede amplificarla si no se trabaja desde una mirada pedagógica y social.
Por eso, prohibir no es la solución. Dejar hacer, tampoco. Educar con IA implica enseñar a usarla de manera crítica, ética y consciente. Explicar qué puede hacer y qué no, qué sesgos arrastra y a quién beneficia. Implica acompañar especialmente a quien parte con menos, para que la tecnología no se convierta en otro filtro de exclusión.
La evaluación, una vez más, es un punto clave. Si solo valoramos el resultado final, estaremos premiando a quien tiene más recursos fuera del aula. Si ponemos el foco en el proceso, en el razonamiento y en la toma de decisiones, estaremos devolviendo a la escuela su papel compensador.
La IA no debería ser un lujo ni un atajo. Debería ser una herramienta al servicio de una educación más justa e igualitaria. Porque el futuro no será sin tecnología, pero tampoco puede construirse ignorando que no todos partimos del mismo lugar.
No digo nada nuevo si afirmo que en los últimos años la inteligencia artificial se ha colado en los debates educativos con una mezcla entre...
