Crianza domingo, 18 de septiembre de 2016

CRIARSE EN LOS OCHENTA.

Me encantaría que mi hijo se emocionase del modo en el cual yo me emocioné aquella noche de las Navidades de 1988. La noche que me regalaron la bicicleta.


Me la regalaron mis padrinos, pero mis padres y mis tíos colaboraron económicamente para que tuviese aquella HB roja con listas blancas. Los niños con familias algo menos modestas que la mía, acostumbraban a tener esas bicicletas con sillín en forma de L. Bicicross, creo que se llamaban. Las mismas del prota de Stranger things. Puro 80'. Pero para mi gusto nada en el mundo podía superar aquella preciosa bici que recorrió todos los kilómetros que un vehículo para niños pueda soportar. Recuerdo que casi me caí desmayada de la impresión cuando me la dieron. De hecho, creo que sufrí el primer vértigo de mi vida a los ocho años. La Barbie más curvosa de lo que estamos acostumbrados con su vestido (este sí, igual) de princesa, perdieron todo protagonismo al lado aquella bicicleta. Todavía la conservo. Bueno, está en el trastero de mis padres, y ahora es naranja, pero ahí está. Un símbolo de un modelo de crianza que quisiera para mi hijo, un modelo que simplemente no se repetirá. ¿O sí? Ojalá...



Porque no nos engañemos. A saber cuántas bicicletas tendrán nuestros hijos. Una sin pedales, otra con ruedines, otra de paseo, una de montaña,... Y el correpasillos, la moto, el coche descapotable a control remoto, el patinete con alas y el dron tamaño real. Así es la infancia que tenemos ante nuestros ojos. Lo tienen todo. Porque ahora podemos permitirnos que tengan muchas más cosas de las que nosotros tuvimos, y, ¿quién no querría todo para sus hijos? O al menos, ¿quién no querría que tuviesen tanto como tuvimos nosotros? A mí, en lo personal, me gustaría que mi hijo tuviese todo lo que me hizo feliz, todo lo que me ayudó a crecer, todo lo que conformó la persona que soy, y ni un objeto más.

Realmente me gustaría que mi hijo sintiese la emoción de tener un libro favorito gracias al cual poder descubrir ese paraíso llamado lectura. Lo siento Gerónimo Stilton, no estás invitado en esta aventura y distas mucho de estar a la altura. No, si recuerdo aquel libro que me regalaron en mi primera comunión. Todavía lo tengo. Mi primer libro de Escoge tu propia aventura. Lecturas de los ochenta. Millones de veces lo leí. De verdad que no exagero un ápice. Puedo recitar de memoria la primera página de La cueva del tiempo.



Pero claro, mi hijo tendrá todos los libros que quiera, y, ¡eso es genial! Sólo espero que sepa valorar que siempre hay un libro que marca la diferencia en tu vida, aunque seas un niño.

Ojalá mi hijo se criara en un barrio, como en el cual yo me crié. En esos barrios ochenteros con monos de pana marrón y jerséis tejidos por las horas incansables de calceta de mamá. Barrios con caminos, no carreteras, en los cuales pasaba un coche a las tres y otro a las seis menos cuarto. Barrios con una casa abandonada donde soñar historias de risa y de miedo. Barrios donde un conflicto era solucionado por niños y los adultos no mediaban, daban autonomía de verdad. Esos conflictos a los que nadie llamaría bullying. Aquellos barrios...

Pero no, eso ya llovió, ahora tenemos planes urbanísticos.

Ojalá que mi hijo no tenga móvil hasta los veinte años y no dependa de él como yo. Ojalá que le llegue tarde el fervor de estar conectado. Ojalá que odie la tecnología tanto como ame estar todo el día por ahí, jugando, riendo hasta la lágrima, gritando, corriendo y sudando de pura felicidad. Ojalá que prefiera la pandilla a la red social, ojalá que disfrute lo real antes que lo virtual, ojalá que viva experiencias y no que las vea por una pantalla.



¿Y el valor de una fotografía en un carrete de 24? Algo que no entenderá en esta masificación de la imagen a golpe de clic. Los momentos a recordar se han vuelto más importantes que los recuerdos. Ojalá mi hijo recuerde ese verano del 2028, como yo recuerdo el de 1992. Ojalá una foto sea suficiente para recordar a los amigos, los momentos, las tardes interminables jugando al escondite, los anocheceres en la playa, bañarse en el río en una tormenta de verano. Ojalá que esos recuerdos pesen más que una videoconsola.



Y hablando de videoconsolas, espero realmente que la primera que tenga sea tan bien recibida como aquella Atari de segunda mano que cayó en mi casa como el mayor de los tesoros. Igual que aquella cinta de Tequila, igual que el viejo Monopoly del cual ya casi no quedaban casitas,... Esos pequeños tesoros que nos unían a todos en el microsalón de aquella casita alquilada. Pura felicidad, sin tener nada. Ojalá mi hijo tuviera los mismos privilegios y ni tan sólo uno más.

Y bueno, quizás pienses que estoy cayendo en el EFECTO DE RETROSPECCIÓN, pero ojalá que mi hijo lo tenga todo, las experiencias, el amor de familia, las amistades, la felicidad; y ojalá que no tenga nada, nada que lo ate, nada que le impida tener autonomía, nada que le haga pensar que en esta vida todo es fácil y el dinero todo lo compra, nada que asegure que tendrá más y más, ningún objeto innecesario, ningún elemento superfluo, nada que yo no tuviera, ni una cosa más.



Por mí y por todos mis compañeros.
Anónimo.

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