MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y HABITUACIÓN EN LA INFANCIA.



Hubo un momento en nuestras vidas, en el que todo pasó a importarnos menos que nada. Hubo un momento en nuestras miserables vidas, en el que nos dio igual ver al vecino desgarrado de dolor...



Los medios de comunicación con sus imágenes violentas y amarillistas, las televisiones teñidas de sangre, los periódicos y sus portadas para hacer más dinero, las exclusivas de la muerte y la desgracia, de la guerra, del horror... ¿Cuantas imágenes son necesarias? ¿A cuántos niños hay que sacrificar? La habituación a la que se nos ha acostumbrado desde ese típico producto yanqui que es el reality show, es la pérdida de toda esperanza para nuestra razón. 

Habituación y medios de comunicación.


La habituación es un proceso psicológico que tiene que ver con nuestra relación con el mundo exterior. Cuando los estímulos procedentes de nuestro entorno se repiten, se genera un proceso interno que frena nuestras reacciones antes éstos como si estuviésemos anestesiados. De este modo, la respuesta que emitimos ante estos estímulos, que en primer momento nos resultan novedosos o impactantes (atractivos, en algunas ocasiones), se ve paulatinamente reducida por la mera repetición del estímulo. Atenuamos nuestra recepción del estímulo hasta que este se torna neutro.


Este proceso psicológico es, una vez más, adaptativo. Tiene que ver con nuestra función de relación. La habituación nos ayuda a diferenciar entre estímulos necesarios de otros que podemos desechar. Es decir, está relacionado con los fenómenos de atención selectiva.

En este sentido, los medios de comunicación de las últimas décadas, guiados por el afán recaudatorio, por el culto a la audiencia; se han convertido en el escenario de la imagen más sangrienta. Pero el verdadero problema no es ese, el auténtico problema es la habituación. 

Habituación e infancia.


La infancia no es ajena a los procesos de habituación, y de hecho, es el sector social que más fácilmente se adapta a los hábitos. Si a un niño le ofreces todos los días imágenes violentas, llegará ese momento en el que le sean indiferentes. Pero esto ya lo hemos vivido con videojuegos, dibujos animados, juguetes, etc. Para un niño, la guerra no es muerte, la guerra es un juego, algo que aparece por la tele donde se matan unos a otros, pero no es real. 



Yo no quiero que mi hijo crezca dando normalidad al horror. Yo no quiero que mis alumnos piensen que la guerra es cotidiana. Lo siento, pero me resisto. Y es que lo peor no es la imagen, lo peor es el olvido, la anestesia. ¿Quién se va a acordar de ese niño en fondo ascético naranja con la mirada perdida, tocándose la sangre que le recorre el rostro, impasible ante la vergonzosa violencia que le rodea? Y aterrizando en silencio en la realidad de una vida a la que todos contribuimos. De la que todos nos lamentamos falsamente porque a la semana siguiente ya hay otro niño sirio que es portada, y otra vez vuelta a empezar. 

¿Qué clase de sociedad les dejamos a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a los que aun no han nacido y no conocen esta pasividad? ¿Qué clase de vida les espera, dejada e inerte, en la que ya no se siente compasión por los demás?

Hubo un momento de nuestras vidas en el que nos habituamos y dejamos de ser personas.


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