Educación domingo, 25 de marzo de 2018

Las notas académicas, el engaño

Hace un par de días que se ha acabado un trimestre más; uno de tantos, para alumnado, profesorado y familias, que de una manera cíclica reviven el momento del inicio del período vacacional. Y en las puertas de colegios e institutos, la misma cantinela.

¿Cuántas te han quedado?

Llega el momento estelar de las notas, que opacan todo brillo resultante del trabajo del resto del trimestre. Ya nada importan las horas de trabajo del docente para preparar sus clases y hacerlas más motivadoras y atractivas, las horas de estudio e investigación del alumno para asimilar y construir el  contenido, las horas de acompañamiento (y alguna que otra hora sin dormir) de las familias,... Todo se reduce a un número, al final, todo se reduce a la nota.

Si apruebas, bien. Aunque no tan bien como el que aprueba con una nota holgada, y mucho mejor si es un sobresaliente. Eso sí, para sobresaliente, el 10, que aún estipula con más precisión al alumno estrella. Si suspendes, mal, y da igual la nota.

Las notas académicas, el engaño


Ojalá en las puertas de los colegios e institutos se hablase más del Proyecto Educativo o de que en la clase de primero trabajan por rincones, o de que en cuarto trabajan con ABN y han mejorado mucho las matemáticas; pero lo cierto es que la obsesión por las notas hace que en los finales de trimestre todo se reduzca a este juicio numérico. Supongo que es un poco culpa de todos. Del sistema que ya encasilla, del docente que lo acepta (pues poco puede hacer), del alumno que aprende que un cinco es mejor que un cuatro, pero no mejor que un siete, de la sociedad, que siendo de por sí lo suficientemente competitiva, ya se encarga de marcar la diferencia desde primero de primaria.

¿Y es este el objetivo de la educación, aprobar, sacar nota? ¿Es esto lo que perseguimos, pasar una prueba o test, educar para superar tareas? Desde la perspectiva el aprendizaje academicista tenía sentido. Cuanto más sabes, cuántos más contenidos adquieres, más eres recompensado. Pero en la era del aprendizaje competencial, de una manera de transmisión de contenido más global y más centrado en las habilidades, ¿qué sentido tienen ya las notas?

Replantearse los criterios de cualificación en la educación actual.


Y si bien la evaluación es una cuestión que cada día resulta más anticuada desde nuestro sistema educativo, más lo son los criterios de cualificación. Unos criterios tan básicos como una secuencia numérica que va encasillado a cada alumno en un rango de la escala y reduciendo su persona, sus logros y capacidades a un mero dato estadístico; deben ser recompensados.

Algunos centros educativos catalanes están comenzando a seguir criterios de cualificación en razón de rangos de no logro/ logro satisfactorio/ logro notable/ logro excelente; una cuantificación que iría más en la línea de evaluar los indicadores de logro del aprendizaje competencial. Esta medida y otras de nomenclatura similar no dejan de recordar a los antiguos necesita mejorar y progresa adecuadamente que al reducir las categorías a dos grandes generalidades, homogeneizaban los datos pero no daban información sobre la capacidad competencial. Por ejemplo, si un niño no sabe sumar a grandes rasgos, la información que se les da a sus padres con un necesita mejorar, es algo muy genérico, pero más lo es un 4. ¿4 es que no sabe claramente sumar, pero entiende que es adición, o lo puede hacer mecánicamente pero no entiende el concepto? ¿Y qué diferencia habría entre un 4 y un 3?


El problema de las rúbricas.


Ligado a los problemas para plantear la información del grado competencial del alumnado, tenemos también el problema de las rúbricas asociadas al modo de calificación de los estándares de aprendizaje. A mayor número de datos estadísticos para evaluar, mayores son las posibilidades de error en el análisis de los datos y mayor es la probabilidad de homogenización de las medias. Este es un dato más que nos indica que por más beneficioso que nos haya resultado el sistema de rúbricas en la evaluación para la sistematización de los datos y la objetividad del docente, la reducción una vez más numérica de estos conduce a error. La nota final como media, ya sea aritmética o ponderada, sumativa o la que fuere, no nos da información a la hora de señalar el grado competencial del alumnado y está sujeta a múltiples sesgos.

Explicado de otro modo, en una prueba académica como puede ser una expresión escrita, una rúbrica de ésta pudiera ser la evaluación numérica del contenido (coherencia, concordancia, dominio de la técnica narrativa, riqueza de vocabulario evitando repeticiones y expresiones vulgares, etc.), del formato (adecuación a la forma según sea cuento, carta, email, poesía,..., y a la petición: mínimo de renglones, presentación, etc.), de la presentación (limpieza, orden, márgenes,...), de la ortografía (penalizando por cada falta ortográfica según el grado) y de la creatividad (dando ese extra a un trabajo que no es un corta y pega, una copia, algo que ya han visto o leído,...). Esta es mi rúbrica para este tipo de ejercicios, que al ser tan pormenorizada me ofrece unos datos muy equilibrados y objetivos. El problema está cuando reflexiono sobre los datos obtenidos. Son niños. Si un alumno tiene todos los apartados perfectos, pero cuatro faltas de ortografía, con esta rúbrica no tendría un 10, porque penalizaría cuatro décimas menos. Pero lo cierto es que el dominio competencial sería bárbaro. Si a este niño lo situamos en un contexto real en el que se le pide que realice un escrito para una revista, cumpliría con creces, salvo por la faltas de ortografía, algo que por otro lado fácilmente soluciona con el corrector de Word. No pretendo minusvalorar el trabajo de la ortografía, pero lo cierto es que hay alumnado que tiene una redacción intachable, dato que muestra su grado de logro en la competencia lingüística; pero tiene faltas de ortografía típicas de su edad. Las rúbricas homogenizan las muestras en una media entre el cuatro y el nueve, lo tengo comprobado.

Por tanto, ¿no sería más lógico con los datos numéricos obtenidos, y pensando siempre que lo que se evalúa es una persona, realizar un informe sobre el grado de adquisición de la competencia, sobre la capacidad de logro?

Yo estoy a favor de realizar rúbricas, porque sistematizan y objetividad el criterio del examinador, pero si el resultado es un número simplemente, siento que no doy la información que debiera al alumno y a la familia de éste.


El problema de la inclusión educativa.


Y para terminar tenemos el problema de inclusión educativa y de las adaptaciones curriculares. Cuando el niño es normotípico (cada día menos común), todo va bien, pero cuando el alumno tiene un ritmo de aprendizaje diferente, la nota numérica no tiene sentido alguno. Cómo evaluar un contenido trimestral, si su ritmo de aprendizaje es más lento. Y con un una nota numérica, que no evalúa para nada su grado de logro en el aprendizaje, especialmente sin tener en cuenta los hándicaps a los que se enfrentan a diario, resulta evidentemente injusto.


Son personas.


Y por último recordar que no son números, son personas. Si a cada uno de nosotros nos evaluaran con una nota numérica por nuestro desempeño laboral, nos echaríamos las manos a la cabeza. O incluso si evaluaran nuestra capacidad de criar, o nuestros grado de logro en las habilidades sociales.

Una nota no indica nada, no es información, sólo es un número, dato el cual no puede resumir todo lo abarcado en un trimestre.


La inteligencia consiste no solo en el conocimiento, sino también en la destreza de aplicar los conocimientos en la práctica.


✔ Aristóteles

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