Educación domingo, 4 de febrero de 2018

Síndrome de Solomon en educación.

Uno de los psicólogos sociales con mayor trayectoria de nuestra historia es, probablemente, el estadounidense de origen polaco, Solomon Asch. Sus estudios y conclusiones empíricas sobre la obediencia y el condicionamiento social de grupo mostraron a una sociedad desencajada con sus conclusiones. Antes obedecemos por miedo a no formar parte de un grupo social que por convicción o castigo. A Solomon Asch le debemos, entre otras, muchas de las investigaciones relacionadas con el efecto halo, del que hemos hablado en esta entrada sobre el sesgo cognitivo o esta otra sobre su impacto en la infancia con relación a las redes sociales. Pero también, sus investigaciones sobre el efecto de primacía o sobre la conformidad.

Y en relación a su trabajo con la conformidad u obediencia, y manteniendo un nexo de significado con una de nuestras últimas entradas sobre el Síndrome de Procusto, hoy queremos analizar un síndrome que afecta a muchas personas en la actualidad y que tiene una gran repercusión en la infancia y adolescencia. Se trata del Síndrome de Solomon, una característica psicosocial, más asociada a la tradición del desarrollo personal y del coaching social, que nos muestra porqué nos limitamos y nos ponemos trabas para triunfar o simplemente destacar.


Síndrome de Solomon en Educación


Síndrome de Solomon.

El síndrome de Solomon consiste en la elección de conductas determinadas por la evitación a destacar o sobresalir dentro de un grupo social. Este tipo de comportamiento, orientado a evitar ser diferente o a mantener enfoques creativo divergentes, suele ser característico de personas con baja autoestima y falta de confianza, aunque nuestro sentido de pertenencia al grupo lo personaliza vía ADN en una generalidad aplastante.

Para ir comenzando a desglosar cómo este síndrome nos afecta, baste con el experimento del mismo Solomon Asch para demostrar que las opiniones de nuestros grupos sociales de influencia son más determinantes que nuestras propias opiniones.




Como puedes comprobar, resulta abrumadora la realidad de este estudiante del propio Solomon, quien fue objeto de una situación experimental fundamentada en el engaño. Sus compañeros, conocedores de la realidad experimental, actuaban para generar un ambiente en el cual su compañero se mantuviese firme en su postura. Al menos eso era lo que Asch pensaba que sucedería, pero el resultado fue realmente espectacular y contradictorio a sus suposiciones.

Las personas aquejadas con el Síndrome de Solomon se pondrán todos los obstáculos necesarios para mantenerse iguales a la mayoría, sin despertar la mínima envidia, sin ser motivo de desajuste en las normas sociales establecidas por sus grupos de referencia. Nunca aportarán una idea creativa en el trabajo, tampoco defenderán un argumento contario o polémico en su círculo de amigos, no propondrán un plan fuera de lo cotidiano en su ambiente familiar o de pareja. Donde hay armonía dentro de lo mundano, una persona que elige no destacar se guarda para sí un universo desconocido de lo que podría ser y no será.

En este punto, probablemente creas, a mí no me pasa... Bien. El experimento de Solomon retratado en el vídeo que se muestra más arriba concluyó que en un 75% de los casos, el último elector se dejaba influenciar por el grupo. Tres cuartas partes de los sujetos experimentales se dejaron influenciar por el grupo y aunque este estudio no es ni mucho menos extrapolable a toda la población o a todas las situaciones; te da una idea curiosa de cómo este experimento podría replicarse en un colegio o en un instituto. ¿Me acompañas?

Síndrome de Solomon en la infancia y adolescencia.

Si Solomon hubiese escogido a niños para realizar su experimento, probablemente sus resultados hubiesen sido cuanto menos diferentes; pero no porque ese 75% se hubiera hipotéticamente reducido, sino porque dado un mayor sentido de pertenencia en las edades infantiles, seguramente hubiese aumentado considerablemente. Como comentábamos hace dos semanas sobre el Síndrome de Procustodurante nuestra infancia, el concepto de envidia es muy habitual. Desde nuestro primer año de vida, desarrollamos este dolor por no poseer lo que tienen los demás, por ver felicidad en el rostro de los otros. La envidia y su gestión forman parte de nuestro día a día cuando somos más niños, pues sumidos en el egocentrismo típico de la etapa, tendemos a sentir envidia por aquel que sobresale.

En este sentido, también es habitual, y visto desde el lado opuesto, que una vez vivenciada la envidia y sus consecuencias, temamos la opinión que los demás tengan de nosotros. Es decir, un niño envidia lo que no tiene y visualiza en el otro, y esto genera un movimiento de respuesta conductual basada en hacer que este otro no lo tenga, que no destaque, que no sea superior o mejor. Mediante la mofa, mediante la burla, mediante la agresión, a todo el que sobresalga se le tenderá a menospreciar. Y este comportamiento no es individual, sino que muchas veces se ve apoyado por el grupo social. Por ejemplo, un niño que es especialmente bueno en la competencia matemática, podría desarrollar envidia en aquellos compañeros a los que no se les da tan bien por el motivo que fuere. De este modo, pasará a ser el chapón, se minusvalorizará su capacidad argumentando que se pasa todo el día estudiando para logar objetivos académicos altos, que está enchufado por el profesor,... Bastaría con que tan sólo uno de sus compañeros incidiera en este tipo de comportamiento para que muchos en esa misma situación de envidia por los méritos ajenos, se sumaran en el menosprecio. Pero, ¿qué sucede con el niño que tiene talento matemático? Pues muy sencillo, ante la presión social de grupo puede actuar de dos maneras. Rebelándose, discutiendo, dándose mérito o increpando incluso desde indiferencia (los menores de los casos); o bien, si éste atiende al Síndrome de Solomon, directamente empezará a camuflar su talento para no volver a destacar nunca más en este contexto

Sí, muchos talentos se desperdician en la niñez y adolescencia por la adaptación al grupo, y en muchas ocasiones, ni padres, ni docentes, se percatan. Tememos la respuesta de nuestro grupo de referencia. Los niños no quieren ser los diferentes, la oveja negra del rebaño, y en la adolescencia especialmente tienden a la polarización. O bien se desmarcan de toda moda de su grupo de influencia, o bien, se adaptan como camaleones a la situación de la masa gris y anodina arrastrada por las modas. 

Temer a la respuesta de grupo.


La violencia relacional (aquella que se da cuando el grupo aparta a uno de sus integrantes), se sabe hoy en día es peor que cualquier tipo de violencia física y psicológica. Lo que más tristes nos pone es que nos aparten de nuestros grupos de referencia. Por este motivo, el Síndrome de Solomon es muy habitual en nuestra sociedad, especialmente en la infancia, ya que tememos la respuesta de los otros ante nuestros triunfos y éxitos. Es muy normal y entra dentro lo cotidiano, que los niños se pongan trabas y obstáculos a la hora de conseguir sus metas si están dentro de la dinámica del Síndrome de Solomon. De hecho, es más que normal que un niño llegue incluso a suspender pruebas académicas solamente por sentirse más integrado en un grupo.

Además de esto, el miedo al ridículo también hace desaparecer muchos talentos, especialmente en las artes. Cuando un niño vive con pasión un modo de expresión artística, muchas veces es visto como el bicho raro, desde la incomprensión de aquellos que no se expresan del mismo modo. Por este motivo dejamos de dibujar y de cantar, porque rápidamente nos hacemos con ese elenco de frases hechas al más puro estilo "no tengo oído", "se me da fatal dibujar", "me muevo como un pato mareado",...

Sea como fuere y en cualquiera de estos contextos, el triunfo siempre es visto como un elemento distorsionador, que separa del grupo, y ante este hecho, la toma de decisiones y la elección de conductas de muchos niños y adolescentes se ve modificada.

Creer en los talentos, la mejor solución.


Lo mejor que podemos hacer para que nuestra infancia no caiga en comportamientos gregarios es manejar y ejercitar la fortaleza de las propias ideas, y trabajar en la asunción y la valorización de los talentos que cada uno posea per se. Es importante trabajar en el respeto de las ideas propias y ajenas, independientemente de nuestros ideales de partida, para evitar tener grupos homogéneos en las aulas o en cualquier contexto. Nuestra infancia debe ser diversa y sobresalir en función de sus destrezas personales, tanto como por sus medios de expresión fundamentales.

Buenos ejercicios para mantener ideas firmes y no dejarse manipular por modas o por el arrastre del grupo social son el debate, las presentaciones orales y la defensa de hipótesis, la filosofía en general o el análisis de noticias de actualidad. Estos tipo de actividades ayudarán al niño que manifiesta Síndrome de Solomon, desde la perspectiva de la confianza en sí mismo, y al que posee Síndrome de Procusto, a respetar las opiniones de los demás.

Además, dar a conocer los diferentes modelos de expresión desde la libre creación y sin manipulación (pintura, música, escritura,...), dando herramientas pero siempre desde el valor de las manifestaciones, será fundamental para mantener ese creer en uno mismo. Mostrar a cada niño sus talentos y el camino para que lleguen a la mejor versión de sí mismos, personalizar el éxito en cada niño, para que no tengan que camuflarse con la sociedad en la que les toca vivir.

La tendencia a la conformidad en nuestra sociedad es tan fuerte que los jóvenes razonablemente inteligentes y bien intencionados están dispuestos a llamar negro al blanco. Este es un motivo de preocupación. Plantea preguntas sobre nuestras formas de educación y sobre los valores que guían nuestra conducta.

✔Solomon Asch

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